Creemos en Dios porque tememos entendernos los unos a los otros

Creemos en Dios porque tememos entendernos los unos a los otros

Quizá no inventamos a Dios porque no lo encontramos, sino porque no soportamos la cercanía entre nosotros. ¿Y si el miedo al otro es la fuente menos evidente — pero real — de la fe?

Existe la opinión extendida de que el ser humano se vuelve hacia Dios por miedo a la muerte. Otros piensan que la religión nace de la impotencia ante la naturaleza, de la soledad en el universo o de la sed de justicia. Pero quizá existe una fuente más, menos evidente, de la fe: el miedo al otro ser humano.

Hemos vivido los unos junto a los otros durante toda la historia de la humanidad y, sin embargo, seguimos siendo enigmas los unos para los otros. Somos capaces de estudiar las estrellas, dividir átomos, crear inteligencia artificial, y aun así no podemos comprender a la persona que está sentada frente a nosotros en la misma mesa. La comprensión verdadera nos exige más que conocimiento. Nos exige renunciar a tener la razón, estar dispuestos a ver el mundo con los ojos de otro y reconocer que el otro posee la misma profundidad que nosotros.

Eso es precisamente lo que tememos.

Comprender al otro significa dejar entrar en uno mismo su dolor, sus contradicciones, su libertad. Significa renunciar a las etiquetas cómodas y a las explicaciones prefabricadas. Es más fácil convertir a una persona en representante de un grupo, portador de una idea o enemigo, que reconocer su singularidad. Es más fácil amar a la humanidad en general que amar a un ser humano concreto con todos sus defectos.

En este sentido, la idea de Dios puede funcionar como un mediador entre las personas. En lugar de buscarnos los unos a los otros, buscamos algo superior. En lugar de tender puentes entre conciencias, alzamos la mirada al cielo. Dios se convierte en el lenguaje común allí donde hemos perdido la capacidad de hablar directamente los unos con los otros.

Quizá por eso las disputas religiosas son tan encarnizadas. Detrás de ellas no se esconde solo la cuestión de la existencia de Dios, sino también la de si es posible el entendimiento humano. Cuando las personas no pueden encontrarse entre sí, se encuentran en torno a símbolos. Cuando no pueden compartir una realidad común, crean una fe común.

Esto no significa que Dios sea una ilusión o una invención. Se trata de otra cosa: incluso si Dios existe, nuestra idea de Él puede estar ligada a las dificultades humanas que intentamos superar. Quizá en la imagen de Dios depositamos la esperanza de una comprensión que no encontramos entre los hombres.

La paradoja es que muchas tradiciones espirituales llegan a la conclusión opuesta. Afirman que el camino hacia Dios pasa a través del otro. El amor al prójimo, la compasión, el perdón y la atención al destino ajeno se consideran las formas más altas de la experiencia religiosa. Si es así, entonces el miedo a comprender al otro se convierte, al mismo tiempo, en el miedo a acercarse a Dios.

Entonces el problema no resulta teológico, sino humano. La pregunta no es si Dios existe, sino si somos capaces de sostener el encuentro los unos con los otros. Tal vez la revelación más difícil no esté en una voz desde el cielo, sino en la mirada de otro. No en un texto sagrado, sino en una conversación sincera. No en la búsqueda de la verdad absoluta, sino en el reconocimiento de la verdad humana del otro.

Y si un día los seres humanos aprenden a comprenderse de verdad, o bien dejarán de necesitar a Dios como mediador, o bien lo descubrirán precisamente allí donde antes no lo buscaban: entre ellos mismos.

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Construyo plataformas comunitarias, enseño salsa, escribo para encontrar a mi gente.

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